Durante los últimos años, lo ocurrido en Estados Unidos con las Torres Gemelas, se utilizó para ejemplificar el nivel de severidad del riesgo; ante una “Muy improbable” ocurrencia de un hecho, su nivel de impacto era “Mayor”, lo que establecía, que “de acontecer” éste quedara inserto dentro de una categoría de impacto “Catastrófico”. ¿Quién podría pensar que algo así podría ocurrir?.
En Chile en cambio la ocurrencia de sismos como que el aconteció el 27 de febrero, no es de una baja “Probabilidad de Ocurrencia”, más bien encaja perfectamente dentro de una probable ocurrencia. Frente a esos hechos, y ante la certeza de que en algún minuto, viviendo en un país sísmico, es absolutamente injustificable, que no existan los planes de contingencia adecuados para reducir los niveles de impacto que un sismo pueda provocar en el país. La existencia de protocolos con secuencias fáciles de seguir, y definiendo claramente los responsables de seguirlos, son requisitos que al parecer hemos olvidado. Este olvido nos tiene –muy probablemente- lamentando la muerte de muchos seres queridos, a los cuales de nada les sirve que se culpen unos a otros por el grado de responsabilidad que existe en el no aviso del tsunami, la tardía reacción de las autoridades, etc. Porque al parecer también han olvidado, que la responsabilidad no se delega.
Las herramientas de gestión como la elaboración de Matrices de Riesgos, o la administración en base a riesgos generalmente en las instituciones públicas, son miradas con desdén. Nadie quiere admitir, ni mucho menos “dejar por escrito”, los factores de riesgo que posee internamente. La aceptación de que existen áreas del negocio que están falentes, es un ejercicio de madurez institucional, que aún no hemos alcanzado. Si se reconoce que hay falencias o riesgos internos-externos en las labores a efectuar, es muy probable que se elaboren programas que permitan reaccionar de forma adecuada, ante acontecimientos como los ocurridos.
El factor preventivo pareciera ser una materia de la cual pocos se ocupan, la resolución de conflictos y problemáticas “inmediatas” y lo que dicta la contingencia es lo preciso de resolver, la definición sobre la marcha de los factores críticos de éxito de la organización es lo relevante, sin olvidar la presión política que puede existir en ciertas instituciones prácticamente obligadas a mostrar resultados que grafiquen en terreno la gestión del gobierno de turno, más olvidamos que la prevención y antelación debiera ser un punto fundamental en las instituciones públicas.
El control en las instituciones públicas, se ha transformado en cumplir con los Programas de Mejoramiento de la Gestión, programas que se han transformado paulatinamente en una justificación para el pago del incentivo trimestral a los funcionarios públicos, lo que ha conseguido que cada vez se establezcan metas más sencillas de cumplir, y objetivos que poca relación dicen con las labores propias que debe cumplir la institución, so-pretexto de no perder el incentivo. Y así podría sumar más portentosas herramientas que mal aplicadas, o reducidas a su mínima expresión, impiden mejorar la gestión pública.
Dudo que carezcamos como servicios públicos de las herramientas necesarias para contar con una gestión de excelencia, sólo es que nos hemos acostumbrado a cumplir por cumplir, y a pensar muy poco en lo que un trabajo mal hecho puede afectar a la ciudadanía, estamos sólo en vivir el día a día. Me pregunto en quedará la “Rendición de Cuentas” accountability, y la obligación de las autoridades de informar respecto de los responsables de la poca prolijidad en el ejercicio de sus labores de algunos funcionarios públicos o porque las instituciones simplemente no funcionaron como debían. Finalmente otra vez nos comerá la contingencia: el logro de la meta para ayudar a las víctimas, el cambio de mando, la mala memoria… Si, definitivamente mí país lamentablemente tiene muy mala memoria.